Hogwarts, hostales y el apartheid

Los hostales, que yo sepa, constan de varias novedades, cuyas bellezas siempre están escondidas entre el infinito olvido de cada planta y rincón. Supónte tú que dentro de una habitación caben catorce personas y cada uno tiene su propia cama, cultura, ritmo de respirar y profundidad de sueños…

Hay cosas de apreciar aquí: el flujo y influjo de personas constantemente arremolinándose desde cada punto del mundo; su vulnerabilidad que se deja ver; su deseo sexual hacia los que tienen al lado; y a veces en lo más recóndito de la coalescencia de dichos caminantes se encuentra la conexión. O sea, a veces al compartir nuestros relatos el uno al otro nos encontramos ante la escalofriante historia en sí, enfrentándonos junto al narrador contra los infiernos que se le rodean. Así es como me pasó a mí en algún sentido una noche inesperada.   

Un día importante que se celebra en los EE.UU. se llama el día de Acción de Gracias y por mi parte no suelo darle mucha importancia ya que siempre ha sido un desmadre decidir con quién iba a pasarlo. Se supone que cada quien tiene que agradecer la vida o lo que le apetezca, cenando bien con la familia y los amigos.

Aquel día lo pasé en un hostal. A pesar de no estar ni con familia ni compañía mía me sentía muy a gusto acurrucado al lado de la ventana leyendo Harry Potter y la Orden del Fénix de J.K. Rowling, mirando con reojo el vaho del aliento que se hacía visible debido al frío danzando fuera. Estaba ensimismado en la obra, a medida que la gente en los alrededores provocaba poca presencia y constituía nada más que susurros y sombras pasando delante de mí. En un instante aquella ingravidez se me hizo eterna y pensé que fuera capaz de saltar de la ventanilla y flotar hacia las orillas de mi ciudad.

Esa sensación se esfumó al palpar unos ojos húmedos acariciándome desde un rincón del amplio salón. Al parecer, la chica estaba tratando de averiguar el título del libro que me tenía enganchado. Cuando alcé la vista ella me miró esbozando una sonrisa a la vez que se me acercaba. Se sentó delante de mí y noté su aspecto. Tenía una castaña melena oscura que le ocultaba la parte superior de su rostro pero al pasar sus deditos por ella dejaba que se viese su cara—lisa y pura, pero dentro de la divina superficie se notaba una oscuridad que delataba su pasado sombrío. Incluso en la luz tenue se le notaba.  

Era de Sudáfrica. Nunca he conocido a nadie de allí. Tampoco podía distinguir su acento. Después de haberme contado lo fantástico que era su vida de hoy, viajando por el mundo y cantando ópera, también me contó de donde venía, de su vida anterior la que aún sigue siendo real para muchas personas. Además de la escopeta puesta debajo la cama, se trataba de la injusticia social en su parte del mundo entre las tonalidades de la piel, cuyos datos ya me los sabía antes pero cuando contemplé su cara y su manera de explicármelo me conmovió. No porque la chica que tenía la misma edad que yo estaba derramando lágrimas, sino porque me lo había contado con tanta normalidad, como si hubiese leído la parte por detrás de una botella de vino. «Este producto se ha cultivado utilizando las uvas más ricas del mundo.»

A lo largo de nuestra charla ella apretaba sus finos labios contra la botella de cerveza, ladeando la cabeza para conseguir leyendo el título de mi libro. «¿Alguna vez has leído Harry Potter?» Se negó con la cabeza. Sentí un impulso repentino de irme a África para comprobar como sería la vida, tal como la chica había experimentado. 

Nos despedimos y me puse a pensar en mi familia y en que hacían ellos en ese momento por el otro extremo de la Tierra.